12 de diciembre 2021 , 09:35 p. m.


Fajardo parece haber capoteado su peor tormenta.


Cuando se lanzó con bombos y platillos la candidatura de Alejandro Gaviria, tras una fuerte campaña de expectativa, se decía que en la primera etapa de su camino a la Casa de Nariño, el exrector sepultaría las aspiraciones presidenciales de Sergio Fajardo y se consolidaría pronto en ese cuadrante político como el más opcionado para derrotar a Petro.

El primero que creyó esa historia fue el propio Gaviria, que es un hombre honesto y cándido. A un alto costo personal y familiar, él y su esposa –quien, dicho sea de paso, ha construido por sus propios méritos una sólida carrera como economista– renunciaron a los importantes cargos que ocupaban.

La realidad ha resultado muy distinta, y Gaviria, a pesar de los significativos apoyos que consiguió, parece no lograr despegar y haber perdido ese momento político que habría podido conducirlo en un ‘fast track’ electoral a la Presidencia.

Quizás su confeso ateísmo en un país en el que la mayoría de la gente cree en Dios, quizás sus vacilaciones, contradicciones y rectificaciones permanentes, quizás su tono académico muy alejado de las bases populares, quizás su romance y divorcio electoral mal tramitados con César Gaviria y los liberales o quizás una mezcla de todos los anteriores factores parecen estar apagando los motores de la que pintaba como una candidatura con mucho arrastre.

Y aunque yo no comparta muchas de las posturas de Alejandro Gaviria, con respeto digo que ojalá este mal arranque no lo saque del todo de lo público, pues es útil que más gente honrada se meta a la política. Lo que parece, aunque sea temprano y las cosas puedan volver a cambiar, es que para Alejandro Gaviria ya este turno no fue.

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