27 de septiembre 2020 , 10:19 p. m.


4 años después: Uribe preso, Timochenko legislando.

Cuando se escriba la historia completa, habrá de reconocerse que Juan Manuel Santos firmó el acuerdo de paz, perdió el plebiscito, ganó el nobel, burló el veredicto popular, remendó el acuerdo, lo hizo aprobar a mermeladazo limpio por un Congreso sin atribuciones que, sin embargo, la Corte validó y, luego, abandonó su ejecución.

Firmó el acuerdo y abandonó la paz.

Al llegar Duque, encontró la máquina de odios y venganzas prendida, pero el acuerdo con las Farc estaba huérfano. Los cabecillas de las Farc estaban listos para recibir y exigir todos los privilegios que les concedieron, pero el Estado no estaba atendiendo sus obligaciones ni preparándose tampoco para que las Farc cumplieran con las suyas.

Duque no desconoció los acuerdos. Aunque el pueblo se había pronunciado en contra en el plebiscito y su triunfo electoral era una ratificación del rechazo mayoritario de la sociedad colombiana a los beneficios concedidos a los comandantes guerrilleros sin recibir una adecuada contraprestación en verdad, justicia, reparación y en una garantía de no repetición, Duque fue leal a su palabra de campaña.

Y para el país no estaba claro que Duque recibía unos acuerdos bastante abandonados. No obstante, el nuevo presidente se los echó al hombro y puso al frente de esa tarea a un funcionario de tantos kilates como Emilio Archila para que, arrancando casi de cero, se honraran los compromisos del Estado con los desmovilizados.

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