04 de marzo 2018 , 11:09 p.m.

Se debe rechazar con contundencia y unanimidad todo acto violento contra los candidatos.

El entorno cargado de odios, radicalizado después de la pupitreada en el Congreso del acuerdo firmado entre Santos y ‘Timochenko’ tras la derrota del Sí en el plebiscito, se torna especialmente sensible a la hora de proteger la vida de los candidatos y líderes políticos. El rechazo frente a cualquier acto violento contra un dirigente político debe ser unánime y contundente.

Mucho daño están haciendo los repudios condicionados, los reproches asimétricos y las indiferencias selectivas. Para que no nos equivoquemos, lo ilustro con los ejemplos del viernes pasado: independientemente de las opiniones políticas de cada cual, tan grave habría sido que Álvaro Uribe hubiera resultado impactado como que el impactado hubiera sido Gustavo Petro.

Con una historia de magnicidios, polarizaciones violentas y guerras políticas; con una historia de terroristas, vándalos y asesinos; con una historia de narcoguerrilleros, narcoparamilitares y narcos-narcos, si la defensa de la integridad y la vida de todos los dirigentes no es una obsesión del Gobierno y una consiga de la ciudadanía, comienzan a tolerarse agresiones que podrían escalar de las piedras a las balas. Ojo.

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