25 de agosto 2019 , 11:06 p.m.

Bolsonaro ha procedido como un bárbaro indolente frente a un patrimonio de la humanidad.

Estremecen las imágenes de la región amazónica ardiendo. Producen una mezcla de angustia y desolación, así como una sensación de impotencia y rabia por el cinismo bárbaro de Bolsonaro. Bárbaro e irresponsable, además de indolente e ignorante.

Lo que arde es un patrimonio ambiental de la humanidad. No solo de los brasileros. Y, más allá de la crítica justificada contra Bolsonaro, también estremecen la inacción global y la precariedad de los avances en la protección del planeta.

Esta especie humana nuestra, que ha sido capaz de inventar casi todo, de superar umbrales científicos y tecnológicos que parecían inverosímiles, de conquistar el espacio, no ha sido capaz de entender que solo tenemos una residencia posible, un único planeta donde podemos vivir, y que lo estamos destruyendo aceleradamente.

Cuando trasladamos a nuestro país estas urgencias, valga decir, al país más biodiverso del mundo por kilómetro cuadrado, queda claro que la conciencia ambiental es aún precaria. Aunque los jóvenes expresan unos espectaculares entusiasmos ambientales, no hemos logrado insertar las prioridades de protección y conservación dentro del corazón de los formuladores de las políticas públicas.

La responsabilidad para con el cuidado del planeta es más una excepción que una regla, y abusando de una mezcla de desgano e ignorancia, los negacionistas del cambio climático parecen salirse con la suya. Sin embargo, aun si mañana los colombianos saltáramos al podio de la responsabilidad ambiental, con el diseño institucional actual fracasaríamos en el intento de preservar integralmente nuestros tesoros medioambientales.

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