26 de mayo 2019 , 10:18 p.m.

Veeduría, acción judicial y denuncia ciudadana son urgentes en este proceso electoral regional.

Entre sobresaltos nacionales y recriminaciones internacionales, avanza por fuera de los reflectores una feroz y multimillonaria campaña por el poder regional y local en Colombia, para muchos convertido en un suculento botín; para otros, la cuota inicial de repartijas nacionales de votos, prebendas y presupuestos.

Los agentes violentos de toda procedencia que están disputando amplios territorios de nuestro país se han convertido en factores reales de presión, perturbación, intimidación y muerte. Las lecciones de la historia son contundentes: a todos los grupos armados que trafican con rentas ilegales les interesa el poder local, se mueven para conquistarlo, están dispuestos a aniquilar a sus rivales y se convierten en tenebrosos operadores políticos para poner o quitar votos a su antojo. 

Los partidos políticos, que por estos días adquieren la fisonomía, características y procedimientos de fábricas de avales, se ven a gatas para establecer filtros eficaces que impidan el advenimiento de corruptos, violentos e indeseables en esas esferas, pero al mismo tiempo se amarran las manos a la hora de hacer purgas necesarias por temor a perder espacios políticos.

Dolorosamente, los vicios más dañinos y prominentes de la política nacional se han instalado en alcaldías y gobernaciones, concejos y asambleas, convirtiendo la ‘mermelada’ en la moneda de cambio favorita a la hora de decidir adhesiones o respaldos a los distintos candidatos.

Ante la precariedad de los planteamientos ideológicos y la confusión nacional, las ideas y las propuestas dejan de ser el imán electoral, la razón de ser de la política, la motivación esencial del quehacer público y trasladan esas convocatorias a las tulas, las mochilas, bolsas y talegas y los fajos de billetes.

No me sorprende que la corrupción se haya convertido en el asunto número uno de las preocupaciones de los ciudadanos. Está extendida y generalizada por todo el territorio nacional. Es ya un lugar común decirlo. Lo que poco se dice es que su ciclo, siempre circular, renace y nace en la base local de nuestra maltrecha democracia. 

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