03 de febrero 2019 , 11:41 p.m.

Vergüenza nacional que un tema crucial se maneje con desdén y negligencia.

Mejor nos habría ido si la vieja Adpostal hubiera mandado en burro la carta hasta Washington. Ya el burro estaría llegando. O si hubieran enviado un marconigrama. Y de haberse presentado algún problema, por lo menos el burro algo rebuznaría, digo, o cuando menos soplaría, como mi amigo el Burro Mocho.

Pero aquí, salvo rebuznos de odio de extremos enfrentados en las redes sociales por este nuevo episodio de opereta, esta es la hora en la que no sabemos por qué diablos se perdió la bendita carta. 4-72 enmudeció, y todos sus funcionarios, que deberían dar explicaciones, parecen haberse contagiado de un virus despiadado y progresivo que en sus primeras etapas se manifiesta por la emisión de disparates; luego, por las disfonías; posteriormente, por las temibles afonías que abren la puerta al mutismo severo antes de que todos desaparezcan.

Lo que hasta ahora, varios días después, se sabe produce indignación profunda. Y, salvo que se trate de una conspiración criminal que se devele pronto –lo que francamente dudo–, estamos frente a un episodio antológico de negligencia corporativa digno de hacerse con la máxima estatuilla en los premios Carroña, que desde hace varios años se entregan en nuestro país.

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