23 de septiembre 2018 , 11:27 p.m.

Explicable indignación causa la idea de que el cruel ‘Jojoy’ merezca un homenaje.

Hace bien Iván Duque en dejar claro que la cúpula militar se va cuando el Presidente de la República lo quiera y no cuando los miembros de la misma cúpula lo prefieran ni cuando se lo soliciten terceras personas. Pocas facultades son más determinantes para salvaguardar la autoridad y el mando presidencial que aquella asociada con poner y quitar a la cúpula militar.

En efecto, es la expresión más viva de lo que dispone la Constitución cuando establece que el Presidente de la República simboliza la unidad nacional y que simultáneamente es jefe de Estado, jefe del Gobierno y Suprema Autoridad Administrativa.

Desde esa perspectiva, no haber removido la cúpula militar al iniciar su mandato, debe interpretarse, creo yo, como un acto de fortaleza presidencial y de serenidad institucional. A estas alturas, la cúpula saliente que sigue en ejercicio sabe que está ahí porque el presidente Duque así lo dispuso, y cuando llegue la nueva cúpula sus integrantes sabrán también que llegaron por la decisión personal, propia y directa del “Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas de la República”, como lo llama el propio artículo 189 de la Constitución.

Y ha quedado claro que el presidente Duque en este y en todos los frentes procede sin fanatismos, con mesura y que es un mandatario que prefiere recorrer caminos institucionales a generar actos estridentes, fecundos en titulares de prensa, pero muchas veces incinerantes en términos de la conducción del Estado.

Por todo lo anterior, con el reloj corriendo, la cúpula ha tenido una especie de matrícula condicional, y aunque se sabe que su permanencia no será larga, también se entiende que si no arrojan resultados adecuados podrá ser más corta de lo que sus propios integrantes preferirían. Y para ellos la tarea tampoco es sencilla.

Acostumbrado como venía el general Mejía, comandante de las Fuerzas Militares –hombre inteligente, decente, de trato amable y considerado–, a que los aplausos más fervorosos se los ganaba descrestando despistados diplomáticos extranjeros gracias a la elocuencia de sus discursos y su adornada retórica de la paz, ahora le toca “cambiar de chip”.

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