14 de diciembre 2020 , 01:14 a. m.


Estas reglas estimulan innecesarias agresiones entre trabajadores y empresarios.


Si al país no le sobraran tantas fuentes irritantes que estimulan la polarización, la lucha de clases, la destrucción de las causas comunes y el desafecto por la empresa privada, algunos persisten en mantener esta inconveniente metodología de opereta pública en varios actos, protagonizada por quienes circunstancialmente tienen que encarnar los roles de voceros de los empresarios y voceros de los trabajadores en una búsqueda de concertación para evitar que el Gobierno fije por decreto el incremento del salario mínimo.

Lo sorprendente es que, aunque en algunos años se ha logrado, el camino a la pretendida concertación tenga que pasar por que los voceros de las centrales de trabajadores les digan a los voceros de los empresarios, entre líneas y en las líneas, que son unos neoliberales indolentes, tacaños e insensibles que pretenden que los trabajadores se mueran de hambre y, en respuesta, los voceros de los empresarios les repliquen que son unas bestias populistas que no entienden de la ciencia económica.

Este camino es dañino y peligroso. Un país que necesita de puntos de encuentro, que clama por una pedagogía del respeto, no debería mantener los elementos más perturbadores de este nefasto procedimiento que llena de odios y fracturas a la sociedad colombiana.

El primero de ellos es la publicidad asfixiante en el minuto a minuto de las propuestas y contrapropuestas. El segundo, la prevalencia de las viejas mañas de negociación que enseñan empezar muy lejos para ir ganando concesiones en el camino. El tercero, la duración del ‘show’ que se prolonga innecesariamente por varias semanas. El cuarto, el rol desdibujado del Estado que invita a que los contrincantes se golpeen sin compasión por varios días, para solo intervenir cuando hay heridas profundas y hondas cicatrices.

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