12 de agosto 2018 , 11:18 p.m.

El gobierno debe oír a la gente para resolver problemas y acertar.

Galopan sentimientos masivos de inconformidad en Colombia. Por la robadera de los políticos, por la ineficacia de las instituciones, por las desigualdades manifiestas; en fin. Y son tiempos de empoderamiento ciudadano impulsado por las redes sociales, lo cual, adobado con discursos populistas que estimulan la indignación, genera crispación intensa en amplias capas de la sociedad.

Por otra parte, hay millones de colombianos que sienten que el Estado no los toma en cuenta y desatiende sus necesidades, y consideran que está capturado por una cúpula corrupta que solo persigue lucrarse del poder. Casi la mitad de los colombianos habilitados para votar no lo hacen porque no le creen a ningún gobierno, y entre los que votan, en muchos el escepticismo se transformó en desprecio, en odio, en hastío.

Y tienen razón. Nuestro sistema político se está divorciando de las necesidades reales de la gente. La clase política colombiana parece no estar entendiendo las señales del país de verdad, de la gente de carne y hueso, de la que no ronda por los círculos de poder, de la que no come cuento, de la que sufre en silencio por las crueldades del sistema, rompiéndose la espalda para sobrevivir y sacar adelante sus familias, en medio de grandes carencias y frustraciones.

Buena parte de la gigantesca votación a favor de Gustavo Petro se entiende como un alarido de desesperación, de desagrado, de dolor, pero también de súplica para que los asuntos del poder vuelvan a concordar con los requerimientos y urgencias de las personas. Y la única metodología, el único camino, la única ruta posible es a partir de un diálogo popular metódico, ordenado, exhaustivo que recorra todas las regiones y los estamentos del país.

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