11 de noviembre 2018 , 11:34 p.m.

Duque no es Uribe ni es Santos. Duque es Duque.

A pesar de que recibió la olla raspada y una tronera gigante en las arcas públicas, el presidente Duque, honrando su palabra, optó por una política de no retrovisor que condujo a que muchos no tengan claro el tamaño del hueco fiscal ni lo que implica un faltante de 14 billones en el presupuesto 2019.

Aunque creo que es conveniente evitar la maña de culpar antecesores por todo infortunio, es necesario que el país sepa que fue el gobierno anterior el que radicó ese presupuesto, al que le terminaba faltando esa billonada para cumplir con los compromisos del acuerdo con las Farc y la bomba humanitaria del masivo exilio venezolano, al igual que con los subsidios de los programas sociales y la frondosa burocracia que multiplicó sin pudor, y con el pago de la deuda pública que disparó hasta niveles insospechados, así como con la carga pensional que heredó de todos los gobiernos anteriores y tampoco resolvió.

Dentro de ese marco, era inevitable tramitar una ley de financiamiento cuya imperatividad no fue advertida con suficiente vehemencia al aprobar el presupuesto 2019. Y lo digo porque el cálculo (errado) sobre el recaudo derivado del IVA al 19 por ciento para productos de alimentación básica es improcedente en este Congreso. Este capítulo de la ley parece tener hoy cero votos parlamentarios, de manera que deberán buscar otras fuentes, otra mezcla de ingresos, ahorros y recortes.

Y es que más allá de lo económico, este jaleo por el IVA en un Congreso cuyas mayorías, sin ‘mermelada’, no pupitrearán sumisas todo lo que el Ejecutivo les lleve se está convirtiendo en un pretexto para que aquellos empeñados en que Duque fracase maltraten el Gobierno.

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