16 de mayo 2021 , 10:00 p. m.


En las calles no hay solo vándalos, que deben ser castigados. Hay jóvenes pacíficos alzando su voz.


Desde marzo, en mis columnas ‘15 consejos no pedidos para Carrasquilla’ y ‘Reforma de locos’, cuando aún no habían radicado la descabellada reforma de marras, advertí que si la radicaban podrían “1. Incendiar un país que tiene una chispa prendida a flor de piel. 2. Bloquear un incipiente proceso de reactivación de la economía y el empleo. 3. Generar una estampida de capitales nacionales y extranjeros”.

Y refiriéndome a los jóvenes, casi que imploré al ministro: “Enamórese de la completa gratuidad en educación superior para los estratos 1, 2 y 3 y defiéndala con ahínco. Es una causa de justicia social, de progreso, de bienestar. Es una causa necesaria para despejar el futuro de millones de jóvenes colombianos”.

Sin embargo, a nombre de una responsabilidad fiscal mal entendida, sin presentar un plan profundo de austeridad oficial y sin un tono vehemente en la lucha anticorrupción, radicaron el esperpento que catapultó la indignación ciudadana y sirvió de pretexto para que –infiltrándose entre quienes tienen legítimas razones para la protesta pacífica y aprovechándose de ellos– vándalos y organizaciones criminales de todo pelambre sembraran el caos, el miedo y la perplejidad en el país.

Por eso, este momento requiere de gran firmeza del Gobierno. Tiene que ser muy audaz en la adopción inmediata de programas sociales de educación, capacitación, acceso a la tecnología y a la innovación, empleo y salud para los jóvenes. Tiene que ser eficaz en la extensión de los programas de compensación como Ingreso Solidario. Tiene que ser ágil en el apoyo a la generación o protección al empleo. Tiene que ser propositivo y constructivo en las mesas de diálogo social.

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