21 de julio 2019 , 10:49 p.m.

Es bueno que se rompa la manguala entre mayorías parlamentarias y ‘mermelada’ del Gobierno.

Que tanto el presidente del Senado como el de la Cámara no pertenezcan a la coalición política del Presidente de la república es algo inédito en la historia política reciente de Colombia. Los catastrofistas de la ‘mermelada’ le recomiendan a Duque empezar a repartir partidas presupuestales y puestos a diestra y siniestra para evitar la catástrofe. Otros dicen que si no entran al gabinete figuras de Cambio Radical y del Partido Liberal, el Gobierno colapsaría.

Algunos advierten ya que el chantaje de los presidentes de Senado y Cámara al bloquear la agenda legislativa será implacable y que, además de hundir proyectos, se dedicarán a tumbar ministros si Duque no cede.

Yo, por el contrario, creo que nuestra democracia empieza a transitar por un terreno conveniente que podría derivar en un mejoramiento sustancial del debate público, de la independencia de poderes y del control político. Nada más dañino para Colombia que un Congreso abyecto, de mayorías compradas, que pupitreaba frenético cuanta barbaridad sometían a su consideración.

A mí me gusta que el Congreso sea independiente. Estoy convencido de que desintoxicar el Congreso de ‘mermelada’ y mantener lejos de las curules de los congresistas al ministro de Hacienda feriando la plata de los colombianos para lograr la aprobación de proyectos se constituye en un salto cualitativo de gran importancia.

Soy optimista porque vi a congresistas de todas las bancadas rodeando la radicación del proyecto anticorrupción. Y soy optimista porque vi a congresistas de algunas bancadas discrepando del Gobierno frente al proyecto de prisión perpetua para abusadores de menores con sólidos argumentos constitucionales. Las dos reacciones resultan muy alentadoras, pues, independientemente del resultado final, demuestran que hay una reflexión sobre los proyectos, una deliberación limpia y transparente, una ponderación acerca del contenido y los alcances de las iniciativas legislativas.

Frente a los proyectos de su iniciativa, en los años anteriores, el Gobierno se comportaba como matón de barrio. Como gañán de esquina. Hacía saber que los suyos tenían que aprobar, sí o sí, la agenda del Gobierno. Mientras a los miembros de la coalición les notificaban que en Minhacienda tomaban nota de cada voto inconveniente para pasar la factura a la hora de la desagregación nocturna de las partidas globales, el interés general sucumbía ante los apetitos presupuestales y burocráticos de los honorables padres y madres de la patria.

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