05 de julio 2021 , 01:35 a. m.

30 años agridulces, sin poder construir el país que soñamos.


Es necesario reconocer que la Constitución que nos rige es madre tanto de costosos y vergonzosos fracasos, que han hecho inmenso daño a nuestro país, como de significativos logros que han mejorado, en otros aspectos, la vida de nuestros conciudadanos.

La Constitución de 1991 ha fracasado estruendosamente en la lucha contra la corrupción, la narcopolítica y la politiquería. Con honrosas excepciones, claro está. Todo empezó mal, cuando constituyentes torcidos decidieron hacerle el juego a Pablo Escobar con la prohibición de la extradición y se sumaron los votos criminales con los votos de los cobardes y los votos de quienes honradamente creían que la extradición era una renuncia a la soberanía nacional.

Y la cosa se complicó más cuando el mandato reformista en lo político sucumbió ante los acuerdos que condujeron a la elección del primer congreso posconstituyente, regida por normas que sofocaron los nuevos liderazgos, resucitaron la vieja politiquería y abrieron la puerta a la sucesión de contrarreformas y remiendos que nos condujeron a este inconveniente sistema electoral que convirtió el Estado en un botín.

Nuestro sistema actual es más plural pero más corrupto. Más abierto en apariencia pero más cerrado en la realidad, porque ahuyentó a decenas de miles de colombianos honrados que no tienen garantías para participar en política y en elecciones supuestamente democráticas porque no disponen de las gruesas billeteras que se requieren hoy, en la mayoría de los casos, para tener éxito en los tarjetones.

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