Si la logística de la paz y su gerencia colapsan, los acuerdos pueden naufragar.

Sorprende que un gobierno que le apostó casi todo a la negociación con las Farc, y que en tantos frentes importantes de la vida institucional parecía haber renunciado a gobernar para concentrarse casi que con exclusividad en las Farc, no esté listo cuando le llega su hora de poner en marcha los acuerdos.

Campeones para el discurso y las promesas, la ejecución puntual y eficaz de tareas –con algunas excepciones– no ha sido el fuerte de esta administración. Eso hace parte del ADN de este gobierno, resumido en un precipicio entre adornados ofrecimientos y el precario balance de logros. Los acuerdos con las Farc deben sustraerse de esta práctica.

Para el futuro del proceso, más letal que mil discursos uribistas en el Congreso sería el propio fracaso operativo del Gobierno en la logística de la paz. Y aunque apenas está arrancando la ejecución de los acuerdos y resultaría más que temerario y prematuro hablar de fracasos en etapa tan temprana, las señales de alarma de la primera semana del año se han encendido profusamente y ponen de manifiesto que no se han aprendido las lecciones del pasado para sortear con éxito los desafíos del proceso.
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