23 de abril 2018 , 12:34 a.m.

El Presidente debe reasumir como Comandante en Jefe y liderar seguridad y defensa.

Las 4.000 personas que se congregaron en El Tarra para pedir al Eln y al Epl que cesen su accionar violento que martiriza a la sociedad civil en el Catatumbo son el testimonio elocuente y desgarrador de un estado ausente e indolente que sigue hablando de paz con cualquiera que conteste en inglés o en francés, pero que no es capaz de hacer presencia con las fuerzas legítimas en los territorios que se están disputando a plomo limpio las organizaciones armadas.

La paz de exportación, la paz de los foros internacionales, la paz de los gobelinos contada en otros idiomas se presenta como vigorosa e irreversible. Nada más alejado de la realidad. Aquí, en Colombia, la cosa es a otro precio.

 Volvimos al pasado sangriento de los pueblos sitiados y las regiones bloqueadas por al accionar de subversivos y violentos. Los brazaletes ciertamente ya no dicen Farc. Y hay un número muy importante de desmovilizados en vías de reincorporación. Pero ahora pululan brazaletes del Eln, y del Epl, y del ‘clan del Golfo’ y de los ‘Guachos’ y similares que, además, agencian a los narcos de Sinaloa, o a los del Brasil o a los de los soles de Venezuela. Y también de las llamadas disidencias, que a estas alturas no sabemos si son efectivamente disidencias, o son reincidencias, o son coincidencias.

El panorama de esta semana no pudo ser más desalentador. Una cúpula militar acorralada que lucía errática tratando de explicar unas cuentas que no cuadran, unas platas que faltan, un soborno aquí, un exceso allá, una indelicadeza más acá, corrupción en sus propias barbas y camorras internas, sitiada por los órganos de control que están haciendo su oficio frente a los gastos reservados y a la agencia logística.

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