06 de septiembre 2020 , 10:21 p. m.

¿Por qué convertir una buena noticia en otra pugna política?

Los radicalismos ciegos están haciéndole mucho daño a este país, en el que ni siquiera la inauguración del túnel de La Línea se escapó de esas feroces batallas.

Algunos malquerientes de Uribe y Duque decidieron convertir una muy buena noticia, la inauguración del túnel que nos llena de esperanza, en una calamidad nacional, y algunos radicales defensores del Gobierno decidieron borrar de la historia a todos los que a lo largo de los años trabajaron para que el túnel fuera una realidad, como si este gobierno, solito, hubiese sido el único gestor y ejecutor de la obra. Ni lo uno ni lo otro.

Claro que al gobierno de Duque le cabe un inmenso mérito, y mucha razón tenían para estar felices el Presidente, la ministra y sus colaboradores. Terminar las obras en el país de los elefantes blancos y las tareas inconclusas es de por sí un logro gigantesco, y resulta injusto negar el buen criterio con el que Duque asumió el reto de sortear las dificultades para terminar el túnel desde que se inició su gobierno. Pero ese logro no debe llevar a escribir un relato en el que se borren los nombres de quienes mucho trabajaron también para hacer posible la obra.

Me resultan incomprensibles las voces de quienes pretenden que se agarre a piedra y se descabece el busto del exministro Andrés Uriel Gallego, erigido a la entrada del túnel para honrar su memoria. No se equivoquen: Andrés Uriel fue un ingeniero de muchos quilates, generoso y honorable, y si no es por su terco empeño, inspirado e impulsado por su jefe, Álvaro Uribe, hoy no habría túnel. Pero ignorar los errores que se cometieron al estructurar el proyecto, diseñar el modelo contractual y planear la obra implicaría renunciar a un necesario aprendizaje para ejecutar todas las megaobras que debemos emprender como nación.

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