24 de marzo 2019 , 11:45 p.m.

Ni a los indígenas ni a nadie se les pueden tolerar actos violentos en una protesta.

Acuerdos incumplibles, con presupuestos inalcanzables, presionados por actos inaceptables en el país de las glorias inmarcesibles nos han conducido a mingas intocables infiltradas por fuerzas inconfesables, generando daños incalculables. La minga, en teoría inobjetable, se va convirtiendo en un híbrido inimaginable, a fuerza de medios intolerables.

Muchos de sus reclamos son justos. Eso es incuestionable. El Estado les ha incumplido reiteradamente en el pasado. Eso es inocultable. El gobierno de turno hereda los incumplimientos, pero debe hacerles frente. Eso es insoslayable. Los excesos de la minga están afectando a millones de colombianos. Eso es innegable.

Esta película repetida con guion de círculo vicioso en la que un gobierno desesperado firma unos acuerdos que el Estado no puede honrar solo conduce a la profundización de los conflictos y a que los pescadores en ríos revueltos, los detractores del presidente de turno y los vándalos, violentos e infiltrados hagan su agosto a costa del pellejo de ciudadanos inocentes que terminan pagando los platos rotos. Ojalá los representantes del gobierno Duque no repitan la historia.

Me parece que la ministra del Interior y el comisionado de Paz le han dado un tono sereno, paciente y propositivo a la mesa, y eso es correcto. Al mismo tiempo, muchas personas en Colombia, aun reconociendo que a los indígenas les asiste la razón en algunos puntos, consideran que hay abusos en el desarrollo de la minga que desnaturalizan la protesta, le quitan legitimidad y percuden la sinceridad de los propósitos de esas comunidades. 

Eso es lo que ocurre cuando empiezan a merodear por esos terrenos líderes políticos en plan de pasar facturas, valorizar apoyos o figurar en los medios cargados de frases de cajón, verdades a medias, proclamas electorales y consignas de campaña. Y, sobre todo, eso es lo que ocurre, como lo han denunciado los altos mandos militares y policiales, cuando la minga se vuelve trinchera, herramienta o pretexto de grupos armados de distinto pelambre para desplegar acciones letales. 

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