06 de octubre 2019 , 11:41 p.m.

Los niños de Puerto Carreño comen basura porque tienen hambre y porque las autoridades lo toleraron.

No es en Venezuela. No es en una película de terror. No es en África. Es en Colombia. En Puerto Carreño, y son niños de carne y hueso que esperan que llegue el camión de la basura para desayunar o almorzar.

Y cada uno de ellos, en medio de un enjambre de moscas cuyo sonido hace las veces de truculenta música de fondo, va escogiendo su bolsa para calmar su hambre… el niño de la cachucha amarilla, la niña de vestidito rosa, el niño de camiseta blanca, para lamer un plato sucio, para comer un banano podrido, para tomar un cuncho de gaseosa de alguna botella espichada.

Las imágenes que divulgamos en RCN hacen llorar al más frío de los mortales. Yo llevo décadas involucrado en programas de protección de la niñez y no había visto nada más desgarrador, nada más cruel. Porque es una rutina cotidiana, a plena luz del día, sin ocultarse, sin esconderse, a ojos vistas de toda la sociedad. Al parecer, los únicos en Puerto Carreño que no lo veían eran el alcalde y el gobernador, ante quienes resbalaban sin efecto las advertencias de la Defensoría regional.

Cuando nos contaron que eso ocurría nos pareció inverosímil. Parecía imposible que después de tanta retórica en favor de los niños eso pudiera suceder. Sin embargo, enviamos al experimentado periodista Jairo Patiño con el camarógrafo Ricardo Piñeros y sus asistentes, y lo que encontramos fue peor de lo que nos habían dicho y de lo que el diligente defensor del pueblo había advertido.

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