23 de octubre 2017 , 02:02 a.m.

El Estado no puede seguir siendo negligente e indolente frente a los derechos de los niños.

Me pregunto yo: ¿cómo es posible que en una entidad que ejecuta convenios con el ICBF en Ibagué, Tolima, torturen niños? ¿Qué tipo de supervisión ejecuta el ICBF que tolera que conductas atroces reiteradas, repetidas y prolongadas en el tiempo no sean detectadas oportunamente?

La historia es desgarradora por los umbrales de la crueldad y por los testimonios que, tardíamente, se fueron recopilando y que dan cuenta de los horrores y atrocidades por los que hacían pasar a menores doblemente vulnerables. Y digo tardíamente porque, aunque más vale tarde que nunca, resulta francamente inaudito que si los vecinos del entrañable y tradicional barrio La Pola en nuestra capital musical de Colombia venían escuchando quejidos, gritos, alaridos, súplicas y llantos, la reacción del ICBF y de las autoridades en general no hubiera sido instantánea, inmediata.

“Muchos llamábamos a ese lugar la casa del terror, ya que los gritos desgarradores traspasaban las paredes y se escuchaban en las casas y en las calles aledañas”, relató a EL TIEMPO uno de los vecinos. “Los niños suplicaban que no les pegaran”, les dijo otro. “Especialmente de noche, yo oía alaridos desgarradores de jóvenes internados allí”, agregó un tercero.

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