24 de febrero 2019 , 11:45 p.m.

Cayó el edificio Mónaco, pero las mafias narcotraficantes siguen muy vivas.

Era guarida y búnker. Residencia y comando. Era, a la par, un refugio y un cuartel de guerra. Opulencia, desafío, crueldad, perversidad, corrupción, muerte, sangre, sufrimiento, odio. El edificio Mónaco era, ciertamente, el monumento del victimario, su creación, su delirio.

Evitar su ruina e impedir que pusiera en peligro a toda la comunidad costaba más de 30.000 millones de pesos. Invertir un solo centavo en esa mole constituía una afrenta. Habría implicado prolongar el legado criminal de un asesino despiadado que casi pone de rodillas a la sociedad colombiana por causa de su diabólica capacidad para causar pánico y dolor.

Tampoco se podía dejar, a manera de ruina de las infamias sin intervenir ni tocar. No había alternativa sensata diferente a demolerlo. El alcalde Federico Gutiérrez tomó la decisión correcta. Tumbar ese esperpento tenebroso.

Al alcalde le gusta asumir posturas en el país de las ambigüedades. Al alcalde le gusta proclamar a los cuatro vientos sus ideas. Y que se conozcan. Y que se propaguen, gústele a quien le guste. Y que se debatan. Pero le gusta todavía más que se ejecuten. Es un ejecutor en el país del análisis-parálisis, donde tantas medidas se estudian tan dilatada y profundamente que al final no se hace nada.

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