09 de junio 2019 , 10:43 p.m.

Los derechos de los niños son primero. Punto.

Los derechos de los niños deben prevalecer sobre los derechos de los drogadictos. Punto. Y aunque drogadicto no es sinónimo de delincuente y el Estado debe procurar el apoyo para la rehabilitación de los drogadictos, si en un determinado espacio físico, como por ejemplo un parque, entran en conflicto los derechos de los niños con el libre desarrollo de la personalidad de un drogadicto, debe prevalecer el derecho del niño, con o sin fallo de la Corte Constitucional.

Aunque el polémico fallo anunciado la semana pasada no se conoce aún, diga lo que diga este fallo, debe dejar intacto el derecho prevalente de los niños. Y debe dejar intacta la prohibición de abrir establecimientos y expendios de licor en los alrededores de colegios y universidades, prohibición que se pasan por la faja olímpicamente las autoridades locales en casi todo el país.

Con el fundamento constitucional derivado del derecho prevalente de los niños consagrado en el artículo 44 de la Constitución, diga lo que diga el fallo, el Gobierno Nacional podría expedir un decreto que prohíba el consumo de estupefacientes, alucinógenos y licor en todo parque que sea utilizado por los niños de la comunidad. No me cabe la menor duda jurídica. Y también podrían Enrique Peñalosa, Federico Gutiérrez, Maurice Armitage, Alex Char y cualquier alcalde de Colombia expedir un decreto de alcance local en el mismo sentido.

Según se desprende del comunicado de la Corte, lo que no podrían hacer ni el Gobierno Nacional ni los alcaldes es expedir decretos que de manera general prohíban el consumo de estas sustancias en todos los espacios públicos, en todas las cantidades, en todas las locaciones y en todo el territorio nacional. Lo que tumba la Corte es una prohibición general, pero al tumbarla no podría tocar de ninguna manera el interés superior de los niños. 

Así, por ejemplo, si los miembros de asoadictos decidieran que todas las madrugadas, a partir de las dos de la mañana, se convocan en una estupefatón para inyectarse, aspirar, ingerir, degustar o esnifar sus dosis personales de cualquier sustancia alucinógena en los espacios públicos que circundan nuestro sacrosanto palacio de Justicia, bien podrían hacerlo, porque a esa hora ni hay niños en la zona ni afectan para el día siguiente ningún espacio reservado para ellos. 

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