30 de octubre 2017 , 01:38 a.m.

Quedan interrogantes por resolver y alarmas prendidas que requieren acción eficaz del Gobierno.

Más allá de su salida y su retorno, de haberse ido y haber vuelto, el extraño sainete de Miravalle deja al descubierto inmensas falencias en la implementación del proceso de paz que requieren urgentes ajustes por el bien de la sociedad colombiana.

Primera. Al Gobierno le está quedando grande la seguridad del mal denominado ‘posconflicto’.

Inicialmente fue uno, luego fueron cinco, veinte, decenas, y vamos en más de un centenar de líderes sociales asesinados. Hay una mano negra que no ha podido ser detectada ni contenida por el Estado, sumada a un fortalecimiento de grupos delictivos de distinto pelambre que se pavonean impunes y desafiantes por las zonas de las Farc. Y uno no sabe cuáles de ellos son socios, cuáles herederos y cuáles enemigos. El solo hecho de que fuentes cercanas a las Farc hubiesen atribuido a posibles amenazas de seguridad y a temores por su vida la salida del ‘Paisa’ de la zona refleja la gravedad del asunto.

Segunda. El despelote administrativo del Gobierno es colosal.

Cuando el viernes reinaba la incertidumbre sobre el ‘Paisa’, resultaba clara la confusión entre la multiplicidad de agencias del Gobierno. Ni siquiera ellos mismos sabían qué pasaba ni quién tenía que poner la cara, y fueron presa fácil de confusas conjeturas que terminaron reflejándose en unos medios de comunicación ávidos de tener una palabra oficial y unas redes sociales frenéticas en la iracundia especulativa de todos los bandos. Aunque hay algunos buenos funcionarios, el diseño institucional es delirante y la maraña burocrática de la paz resulta excesiva e ineficaz.

 

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