10 de abril 2017 , 01:56 a.m.

El acceso ilimitado a la información está asfixiando la reflexión serena.

En la apacible biblioteca de mi colegio había solo una enciclopedia de gran formato en español para todos los niños, de manera que cuando alguna tarea exigía la consulta de un determinado tomo, las entregas se programaban día a día durante un mes para que todos pudiéramos ir a la biblioteca en un recreo y procesar el asunto.

Estaba prohibido llevarse para la casa los volúmenes de la enciclopedia desde que algún alumno había perdido el tomo que nos dejó irremediablemente condenados a no investigar nada que alfabéticamente se encontrara ubicado entre pan y sol. Acceder a la información era un privilegio y una proeza. No había internet. No existía Google.

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