19 de marzo 2018 , 02:23 a.m.

Revisen la historia de vida de los candidatos para saber si es verdad lo que prometen.

Enviadas a la escombrera nacional las suntuosas piezas de mármol en las que el señor Presidente había labrado su promesa de no aumentar los impuestos, para hacerles compañía a las otras placas fastuosas en las que juraba amor eterno a Uribe y se comprometía a respetar la voluntad de los ciudadanos en el mecanismo de ratificación de los acuerdos de paz, millones de colombianos, con toda razón, reciben con escepticismo las promesas de campaña.

Es apenas explicable que en Colombia, donde la mentira está instalada en el ADN de la clase política, a la hora de sopesar propuestas de gobierno, la gente no crea en el país de las maravillas que pregonan los candidatos de toda procedencia y condición.

 Cuando ello ocurre, y está ocurriendo, transitamos por el peligroso camino de abandonar la valoración del futuro para quedarnos con el agravio del día o la ofensa de la semana en una batalla de improperios entre candidatura y candidatura. Se impone así la lógica del odio como motor de las campañas, y los intereses superiores del país pasan a segundo plano.

Elegir al próximo presidente de Colombia en función del ‘ranking’ de los odios nos conduce al abismo. Es claro: si el motor electoral se calibra dependiendo de establecer si más gente odia a Petro que a Uribe, o más odia a Vargas Lleras que a Fajardo, gane quien gane, Colombia será ingobernable.

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