En la cárcel de San Diego, reclusas atienden un restaurante ‘gourmet’, ejemplo de resocialización.

Sin justicia no hay paz y sin un buen sistema carcelario no hay justicia. Silogismo simple: sin un buen sistema carcelario, no hay paz. Y en Colombia, el sistema carcelario ha perdido su vocación y su misión rehabilitadora y, salvo algunas honrosas excepciones, se ha convertido en una monumental máquina de desesperanza y profundización en el mundo criminal.

Muchos jóvenes delincuentes encarcelados por delitos menores suelen salir de su primera reclusión violados, ultrajados y con una especialización en el bajo mundo y en el delito, conectados con mafias y organizaciones criminales. El hacinamiento carcelario además convierte las cárceles en verdaderas sucursales del infierno ante la mirada indolente del Estado, que se pasa por la faja todas las órdenes para garantizar condiciones de dignidad a la población carcelaria.

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