18 de agosto 2019 , 10:19 p.m.

La Constituyente convocada sobre el cadáver de Galán pisoteó su legado hasta prohibir extradición.

La política colombiana está peor que hace 30 años. Y la justicia. Y el narcotráfico. Cuánto hubiera querido escribir hoy sobre cómo el sacrificio de Galán le permitió a Colombia adquirir conciencia sobre los grandes males que la afligen y sobre cómo sus ideas han sido el motor de las transformaciones para que los colombianos vivamos mejor. Pero mentiría. Eso no pasó.

Lo que pasó fue que desde su propia muerte, mientras muchos de los antiguos mandamases del Nuevo Liberalismo se combatían unos a otros por los votos de Galán, olvidando tantos de ellos que habían heredado responsabilidades y no caudas electorales, la Asamblea Constituyente convocada sobre el cadáver fresco de Galán pisoteó su legado hasta prohibir la extradición, como lo querían sus asesinos, y tonificar una dañina clase política.

Y aunque sería necio negar importantes contribuciones de la Constituyente, como la ampliación de la carta de derechos y la consagración de la tutela, la vieja clase política, primero revocada y luego redimida y repotenciada mediante oscuro pacto, se apoderó del desarrollo de la nueva constitución hasta diseñar a lo largo de estos 30 años el perverso sistema que nos rige, en el que el Estado es un botín y la política, un instrumento criminal para lograrlo en un país que nada en océanos de coca.

A Galán lo mataron por denunciar el poder corruptor del narcotráfico y por enfrentarlo con verticalidad en todos los frentes de la vida nacional, empezando por la política. Y quienes lo mataron se salieron con la suya en lo que tiene que ver con la prosperidad del narco, combustible de todas nuestras violencias, de los carteles de todo pelambre, de los paramilitares, de las ‘bacrim’ y de las Farc, entre otras guerrillas y grupos armados.

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