07 de mayo 2018 , 12:10 a.m.

Que pequeñas tangas no nos distraigan de grandes asuntos.

Lo que es indebido, en mi opinión, es que se transgreda la dignidad femenina usando las miniaturas reveladoras de las tangas para atraer la atención de los transeúntes sobre asuntos que nada tienen que ver con las mismas tangas. Lo que molesta es que no sean activistas espontáneas. Lo que es reprochable es que medie un pago. Lo que choca es que desfilen las tangas en lugares en los que no se llevan tangas.

Que unas mujeres en tanga repartan volantes de publicidad política no tendría dificultad si espontáneamente un grupo de entusiastas militantes de una campaña, sin remuneración a cambio, en una playa en la que estuvieran disfrutando de un día de sol, decidieran hacerlo. Cada cual, en tanga o en esmoquin, en ruana o guayabera, con escote hasta el ombligo o con cuello de tortuga, tiene todo el derecho de repartir la publicidad del candidato de sus afectos.

Incluso, si una candidata decidiera hacer su campaña en tanga, sería su propia decisión y los votantes podrían juzgar con su voto esa apuesta. Pero un contingente de muchachitas en tangas estampadas con publicidad de un candidato (con las que nadie ha podido hablar para saber en qué circunstancias y con qué incentivos o retribuciones emprendieron su destapado proselitismo) exhibiéndose con fines electorales, ciertamente desdicen de la campaña.

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