20 de octubre 2019 , 11:09 p.m.

El fracaso diplomático del Grupo de Lima debe motivar un cambio de estrategia.

Que Venezuela haya sido premiada con un cupo en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU produce indignación. Implica hacerles la venia y lavarles las manos, untadas de sangre, al régimen del dictador y a su séquito de bandidos, en una narcotiranía que ha convertido la violación sistemática de los derechos humanos en herramienta de asfixia democrática para garantizar su permanencia en el poder.

Demuestra qué tan bajo pueden caer algunas instancias dentro de Naciones Unidas, y, aunque no constituye mayor novedad la confirmación de que ese tal Consejo poco y nada ha servido a lo largo de su historia, esta elección se constituye en una verdadera bofetada contra todas las convenciones, los tratados y las normas internacionales orientados a proteger y garantizar los derechos humanos.

No será el régimen venezolano el primero entre los violadores de derechos humanos que alcanza un cupo en ese cuestionado Consejo ni el pionero en pretender usarlo para blanquear sus crímenes, abusos y excesos. Pero es, sin duda, el más descarado, el más cínico, el más canalla y el más desafiante, tal como lo demostró en su larga campaña internacional para asegurar los 105 votos que fueron suficientes para derrotar los 96 que conquistó Costa Rica en su corta campaña de doce días.

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