19 de junio 2017 , 02:55 a.m.

El terrorismo triunfa cuando una sociedad dividida y polarizada no se una para enfrentarlo.

En tiempos de la arremetida salvaje de Pablo Escobar y los extraditables contra la sociedad colombiana, durante la cual explotaron aviones en vuelo, edificios del Gobierno y centros comerciales, el Estado sabía quiénes estaban detrás de esa ofensiva y qué perseguían. “Preferimos una tumba en Colombia a una cárcel en Estados Unidos”, repetían tras cada acción terrorista, con el propósito de arrodillar al país.

 No sucede lo mismo hoy. En medio de este difícil entorno, con un complejo proceso de paz en implementación, con una mesa en entredicho con el Eln, con un ‘cartel del Golfo’ muy activo, con una destructiva polarización política, con nacientes grupos armados, con un Gobierno profundamente debilitado y con el sol a las espaldas, no es claro quiénes son los responsables del atentado, cruel y cobarde, del centro Andino.

En el momento de escribir esta columna, ni el Eln, ni el ‘clan del Golfo’, ni el MRP, ni las autodefensas gaitanistas, ni las disidencias de las Farc ni banda alguna de los neoextraditables –hoy particularmente nerviosos tras el endurecimiento de Estados Unidos en materia de narcotráfico en la era Trump– se han atribuido la autoría del atentado. En sus declaraciones del domingo al mediodía, el presidente Santos mencionó que se manejan tres hipótesis distintas sobre la autoría criminal, al tiempo que advertía que no las mencionaría para no obstaculizar ni afectar la investigación.

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